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Nacionales

Ellas se llamaban…

Francisco Villanueva

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En los extremos de la fatídica estadística, Yulissa Contreras Feliz, de solo dos años, violada y estrangulada, y Miledy Cruz Ramírez, de 63 años, muerta a puñaladas. La media de edad, 25 años. Mujeres llenas de vida y de sueños. Radiantes, pese a la violencia que marcaba sus vidas.

De una buena parte de ellas, los perfiles en las redes sociales permanecen abiertos. Cientos de fotos de mujeres hermosas, alegres, coquetas. Incontables mensajes de amor junto a las de sus hijos e hijas, casi siempre menores, rodeadas de enternecedores emojis. Son parte de los 66 niños y niñas que han quedado huérfanos a causa de la violencia extrema contra sus madres. Una cifra aproximada,además, porque no siempre la nota periodística, calco de la policial, ofrece datos sobre la maternidad de las víctimas.

Palabras inocentes, ajenas a la cercanía de la desgracia, como las escritas por Nayelin Estephany Margarin Medina, en las que daba gracias a Dios por la felicidad y bendiciones que llenaban su vida. Frases contra los feminicidios, como las dejadas en su muro por Glendy Esther Cedeño para condenar el de su amiga Marol Medina Salas: “Yo nuncaaaa, nuncaaaa, superaré tu muerteeeeee”, “Justicia por ti, morenita”. Un mes después, recibía ella misma un balazo en la cabeza. Palabras de determinación y fortaleza, como las escritas por Denia Lissette Báez Berroa: “Voy a luchar por mí y por mi bebé. Señor, permíteme seguir tus pasos”.

Fotos, muchas fotos y sonrisas. Fotos de mujeres sensuales, orgullosas de sus cuerpos. Niños y niñas que también sonríen y besan el rostro de sus madres. Bizcochos y globos de cumpleaños. Veladas en las escuelas. Vientres al aire para mostrar sin tapujos el embarazo. Recién nacidos que se ofrecen por primera vez al lente de la cámara. Confesiones públicas y apasionadas a sus parejas.

De las que no dejaron testimonio de sus vidas en las redes, hay que suponer que no eran diferentes. La juventud, y la mayoría de las asesinadas eran muy jóvenes, tiene la esperanza como dínamo.

Pese a las evidencias irrefutables, las autoridades persisten en su despropósito de edulcorar las cifras, como si con ella aligeraran la carga de su responsabilidad en los feminicidios. Ministerio de la Mujer, Procuraduría General de la República y hasta el presidente Danilo Medina en su discurso en su última rendición de cuenta, subestiman el número de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas. Callan la frecuente ocurrencia de feminicidios fallidos, que también de enero a septiembre suman diecinueve. No agregan tampoco las que aparecen muertas, con signos de violencia física y sexual, sobre las que nada más se sabe después, como ha ocurrido con las cuatro de este año. Pero, sobre todo, se muestran incapaces (¿indiferentes?) de ejecutar políticas públicas que contribuyan con la protección efectiva de las potenciales víctimas, a concienciar a la sociedad sobre la ideología que sirve de caldo de cultivo a los feminicidios y a hacer posible un cambio de cultura.


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